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Sebastián Marroquín, nacido Juan Pablo Escobar PDF Imprimir E-Mail

¿Qué pecados cometió Pablo Escobar Gaviria, el temido y carismático narcotraficante colombiano? La soberbia de creerse por encima de las leyes, y la ira con que decidió destruir a quienes quisieron que cumpliera con las leyes. Y otros cuantos, claro. Ahora, el estreno del documental Pecados de mi padre nos permite charlar con su hijo varón, el narrador del film. Nacido Juan Pablo Escobar, hoy es el arquitecto Juan Sebastián Marroquín, y de pura casualidad tiene su estudio a la vuelta de casa. Un hombre sencillo.

por Sendós, Daniel ·

http://www.revistacriterio.com.ar

– Antes de entrar en materia, ¿cómo viene siguiendo la Copa Libertadores?

– Soy de seguir poco los partidos. Papá sí, conocía los clubes, los jugadores, le gustaba. Contribuyó mucho al deporte.

– ¿Cómo aceptó contar su vida en una película?

– Como respondo siempre, para todo hay un tiempo. La madre del director Nicolás Entel era profesora de mi esposa y mi madre. Así nos conocimos. Lo sentí un joven de corazón apasionado, generoso. Lo contactaron para hacer algo sobre mi padre, y sugiere hacerlo desde la perspectiva de los hijos, tanto la mía como la de los hijos de sus víctimas más prominentes, el ministro de Justicia Luis Carlos Galán y el candidato a presidente Rodrigo Lara Bonilla, a quienes papá mandó matar. Me pareció que integrarlos contribuiría a equilibrar bien mi relato. Igual tardé en aceptar, pero sentí que debía compartir las muchas lecciones que me dio la vida. Fue paciente el hombre. Fueron cinco años de ir tomando confianza mutua para contar historias de mucho dolor, muchas víctimas. Hasta que decidí escribir una carta a los hijos de Lara y Galán, pidiéndoles perdón en nombre de la familia. Primero vino Rodrigo Lara hijo, nervioso, en un acto de generosidad y mucha valentía, porque en Colombia es estrategia habitual invitar a conferencias que terminan en secuestro. Luego yo me animé, con unos dolores abdominales que no puedo explicar, a encontrarme con él y los tres hijos de Galán. Entendería perfectamente que hubieran apoyado una guerra sin cuartel contra nosotros los Escobar. Pero los encontré creo que bien dispuestos para el diálogo. Hubo mucho respeto, fue un encuentro positivo. No digo que ahora salgamos juntos por los bares, sino que transitamos más tranquilos por la vida. Sigo comunicado, sobre todo con Lara. Volví en diciembre, acompañando el estreno de la película. Temía pasarla mal, porque la gente siempre recuerda lo peor del otro. Para mi sorpresa, a la salida del cine muchos me abrazaban, me decían "Colombia te quiere", "Colombia te respeta". Y luego leí columnistas de derecha e izquierda en los diarios, elogiando nuestra decisión de buscar un camino alternativo a la violencia hereditaria, de decir "hasta acá llegamos, no debemos seguir el legado funesto de generaciones anteriores". Al no conocernos realmente, nos metían a todos en la misma bolsa.

– Sólo fuera del país usted pudo mostrar que era otro.

– Quería ser otro. Pero allá no podía ni estudiar. Libertad de andar nunca la había tenido. Siempre aislado de la realidad, primero con miles de aduladores y protectores entre mi persona y el mundo, luego oculto con mamá y mi hermanita, mientras mi padre era perseguido por la policía, los militares, los paramilitares, los sicarios, los rivales, los falsos amigos. Tras su muerte, seguíamos amenazados. Queríamos irnos y no nos dejaban. Sufríamos delito de parentesco. Mi hermanita fue presa cuando apenas tenía un año de vida; no sabía ni hablar y ya estaba detenida y maltratada por la autoridad, en tal estado de indefensión que le costó digerirlo. Nuestra lucha ha sido protegerla de esta historia.

– ¿Cómo llegaron a la Argentina?

– Luego de largas negociaciones con la Fiscalía sobre nuestra inocen cia, un día nos ofrecen cambiar nuestros nombres y perdernos en Mozambique, único modo de evitar que nos mataran por venganza, o por las dudas yo quisiera vengarme. Fuimos a Mozambique, su gobierno nos recibió, pero allí no veíamos futuro alguno. Y como en la escala que hicimos en Ezeiza nos habían dado visa por tres meses, nos dijimos: "al menos en la Argentina tendremos tres meses para pensar qué hacer con nuestras vidas". Así que volvimos, y nos quedamos, hace ya 16 años. Aprovechamos para estudiar desenfrenadamente; me recibí de arquitecto, hice mi vida.

– Junto a su esposa.

– Un regalo de Dios, una mujer con corazón de oro y nervios de acero, que dejó todo para subirse conmigo a un avión en llamas, porque cuando nos pusimos de novios el imperio de mi padre ya estaba siendo carcomido por sus amigos y bombardeado por un poder superior al suyo.

– ¿A qué edad se pusieron de novios?

– Yo tenía 13, pero parecía mucho más grande. Para sobrevivir debí crecer aceleradamente. La edad del ganso la tiro para más adelante. Y nos casamos acá.

– ¿Qué extraña de todo aquello?

– Los desayunos con mucha variedad de frutas, las arepas… la familia también se extraña mucho.

–Toda persona tiene su parte buena y su parte mala. ¿Cuál es la buena que heredó de su padre?

– Ese amor a la familia, que literalmente le causó la muerte, porque le rastrearon las llamadas. Y creo que la sensibilidad hacia los olvidados, los obligados a vivir en la ignorancia, manipulados por los gobiernos. Él quería ser presidente, y quizás hubiera sido bueno para los pobres. Lo hacía feliz ayudarlos, con su "fábrica de millonarios", sin advertir el error de esa fábrica, que también era de muerte. Papá salió literalmente del fango. "Aprovecha que tienes desodorante y crema dental, yo a tu edad no los tenía". A su entierro asistieron espontáneamente más de diez mil personas. Hoy es un mito popular, algunos le rezan, otros conservan su foto, o un muñequito con su imagen. La película también quiere ser una advertencia a quienes buscan imitarlo, y ambicionan un futuro a través del delito.

– Presentó Pecados de mi padre en casi todos los festivales, en Colombia, España (una gira por cineclubes y salas culturales de diversas ciudades dentro del sistema "El documental del mes"), y lo seguirá haciendo.

– Sorpresivamente pasé de ser rechazado por casi todos los países a recibir cartas de invitación de todas partes. Así que aprovecho a presentarlo, siempre sin perder el respeto por las víctimas ni reivindicar la imagen de mi padre. Además, hacer el documental y esconderlo no serviría de mucho. Realmente abre reflexiones, sobre todo a quienes sufrieron la violencia, o creen que el narcotráfico es un buen negocio. Ni siquiera lo es, porque los narcos se convierten en esclavos de los norteamericanos, que en su país octuplican las ganancias sin tantos riesgos.

– Quizás sepa: ¿qué debe hacerse contra el narcotráfico?

– Mi padre dominaba el 80 por ciento del negocio. Una vez muerto, nada se modificó. Ninguna nariz se quedó sin polvo. Para mí hay que erradicar el consumo. Sin consumo no hay tráfico. Claro que sin tráfico, tampoco habría otro negocio: la venta de armas. Podemos inferir quiénes las fabrican, y entender que una fábrica de los Estados Unidos pierda una pistola, pero no 50 mil fusiles. Es un círculo de hipocresía, muy lucrativo. Los gobiernos tienen obligación de educar. Este es un problema de educación y de salud pública, y estamos llevando misiles donde debería haber médicos y educadores, para erradicar el consumo.

– ¿Serviría la legalización?

– No lo sé. Mi única certeza es que ya perdimos la cuenta de organizaciones desbaratadas y capos muertos, pero el tráfico sigue creciendo exponencialmente. Y tengo otra certeza: la droga y la supuesta lucha contra la droga dejan muchos huérfanos, y muchas viudas. Los Lara plantean debatir el consumo, pero el negocio de la guerra contra los narcos es demasiado lucrativo.

– Última pregunta, más liviana. ¿Por qué eligió el nombre de Sebastián Marroquín?

– Cuando la Fiscalía Nacional de Colombia acordó que saliéramos con otra identidad, nos dio sólo diez minutos para cambiar nuestros nombres. Buscamos en la guía telefónica el que tuviera menos connotaciones mafiosas. Y Juan Valdez ya estaba ocupado.



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