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 Los latinoamericanos guardamos pésimo recuerdo del nefasto ejercicio del poder que tuvo Manuel Antonio Noriega, lo que generó grave crisis en el convivir panameño, especialmente en lo político, económico, moral y las relaciones internacionales.
El ex dictador y comandante en jefe de las Fuerzas de Defensa de la hermana República se convirtió en villano cuando inició sus vínculos con el narcotráfico, precisamente con uno de los carteles hoy desbaratado y que tuvo insólito apogeo en esas épocas, el de Medellín, al que perteneció el tristemente célebre Pablo Escobar Gaviria. Luego de cumplir, por esta causa, 20 años de condena en los Estados Unidos, Noriega acaba de ser extraditado a Francia donde tiene pendiente permanecer en la cárcel una década, acusado de lavado de dinero proveniente de la ruin industria a la que tanto apoyó. Se le ha puesto en La Santé que, desde su construcción en 1867, está catalogada como una de las cinco peores prisiones del mundo, como lo ha reconocido el Comité de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Este penal ha motivado estremecedores relatos que constan en exitosos libros. Esto les sucede a los mandatarios que no se desempeñan como es debido, que creen ser omnipotentes y que, por ello, transitan por senderos vedados por la ley y hasta el sentido común. Siempre llega el momento en que deben responder por sus acciones y es allí, cuando la justicia sin interferencias, les toma cuentas, a igual que la memoria de los pueblos. Singularmente los gobernantes no deben olvidar que aliarse con el narcotráfico y sus crímenes conexos conduce al abismo. A Noriega, con 76 años de edad, de nada le sirve ya el arrepentimiento, si acaso lo tiene, por los males que ocasionó no solo a Panamá. Sean autócratas o ciudadanos comunes y corrientes, quienes violan los preceptos legales, tarde o temprano reciben el condigno castigo a sus actuaciones nada recomendables, es por eso que un gobernante tiene que ser estadista y no un sujeto guiado por bajas pasiones, ideologías de odio y violencia o inconfesables intereses. La gravitación del narcotráfico en la política es uno de los principales riesgos para que se contaminen quienes se desenvuelven en tan frágil escenario donde prolifera la corrupción, por eso se requiere en esos ámbitos personajes de sólida formación moral e intelectual y no sujetos que son presas fáciles del creciente crimen transnacional organizado. El objetivo de los narcos, sobre todo, es penetrar en los cimeros niveles de decisión, en busca de inmunidad e impunidad para sus crímenes. México, que tiene en prisión a dos generales que estuvieron vinculados al narcotráfico a cambio de millonarias coimas, aprobó 60 años de prisión para los uniformados que vayan por los execrables caminos del delito. |